Análisis de Antichamber de Alexander Bruce | PC, Linux, Mac


Puntuación: 8

Este indie lleva desde Enero de 2013 vagando por las innumerables listas de Steam sin demasiado protagonismo, lo que más nos fastidia una vez exprimido, es lo poco que parece haber calado en la industria y público en comparación con otros de su misma especie.


Antichamber no es normal. Quien se asome mínimamente a este extraño concepto puede detestarlo como también amarlo. Su estilo artístico y diseño gráfico a golpe de intensos colores, vacíos de luz o entornos minimalistas, es un filtro para captar a un tipo de público, uno especial, aquel que se interesa por probar nuevas experiencias o que le pica la curiosidad por ver qué se cuece en otros aspectos, aquel que elude la adrenalina a la que nos someten hoy los grandes editores y desarrolladores. Un perfil de jugador que intenta eludir la fotorrealidad, los argumentos vacuos y la violencia sin sentido en aras de la exploración de nuevos universos que experimentan con la percepción del espacio y el tiempo, de mundos que a menudo convergen entre sí para dar lugar a otros, donde un texto termina y empieza el otro. Antichamber es un puzzle gigantesco, conectado, coherente, lisérgico. Es el Fez de los FPS, y con esto, creo que resumo gran parte de mi idea y de adónde quiere ir a parar.



De ello se puede extraer alguna que otra cosa: Antichamber no es un juego lineal, ni siquiera en su tercera partida. Incluso sus picos de dificultad a veces harán que estampemos el teclado y ratón contra el suelo cuál niño alemán cabreado. Por ello es imprescindible la exploración del entorno al milímetro que, cabe decir, es muy abierto y con múltiples caminos a elegir que nos llevarán a la siguiente cámara. Algunas veces nos perderemos en este arco iris de vivos colores, pues sus posibilidades crecen cuánto más lejos lleguemos. Nuestra percepción a medida que pase el tiempo nos sumerge en un estado casi catárquico, como cuando la droga está en su apogeo en nuestra sangre o cerebro, cuando te das cuenta el juego ya te ha atrapado. No deseas salir de ese mundo porque todo te parece bello, sin asperezas, sin texturas, nada más que puro.

Es una droga que estimula la habilidad y la inteligencia de quien la prueba. El juego de Alexander Bruce nos pone a prueba continuamente, porque no es un título rápido para un público ávido de emociones fuertes, sino que es una obra concebida para dejarse llevar, ser pacientes y meticulosos. Es un FPS donde las armas no son armas, ni siquiera tienen nombre y aquí tan sólo sirven como una herramienta, algo que podemos ver en un conocido como Portal. Su idea es la de generar un mundo vivo en un limbo gráfico y audiovisual, da igual el motor gráfico, pues su visualización es atemporal sin que rechine dentro de veinte años y he ahí uno de los mayores logros de Antichamber: la capacidad de decirle al que se enfrente a este laberinto filosófico en el que da igual el tiempo presente, pasado y futuro, lo que cambia es nuestra percepción de las cosas, del videojuego y de la vida misma. Vaya pajote mental me estoy haciendo. Es el éxtasis tras acabarlo, qué quieren que les diga.



Al igual que Fez, y como ya habréis descifrado, la carga filosófica del juego es la capa subyacente del entramado que esconde Antichamber. Pero su brillantez radica en la ausencia de toda pretenciosidad, no es un Braid que nos lleva por un único camino y nos da las lecciones oportunas que su creador quiere. En esta pieza de arte abstracto, los mensajes se generarán en las paredes, en las plataformas, a veces nos contarán cómo serían las cosas desde el otro punto de vista de una persona, a veces habrá bromas, y otras inducirán a un reflexión pero, ante todo, no es una imposición que nos tengamos que tragar, porque debido a su no linealidad, nuestra percepción será distinta a la de cualquier otro jugador. Es por ello que su naturaleza pueda no ser entendida por el amplio espectro que nutre este mercado, o industria, como prefieran llamarlo.

En definitiva. No es un bombón apto para paladares ansiosos, es un bombón para caprichosos de las exquisiteces, un dulce para saborear su relleno y sumergirse en la amalgama de sabores y sensaciones que transmite, así como cambiar ciertos chips en nuestro pensamiento. Antichamber es una obra de culto y, como ya he dicho, su valor es atemporal.

  • Análisis escrito por Gwynplaine Thor