Análisis A Ride into the mountains | Mejores juegos indie Android, iPhone y Ouya


Puntuación: 8.1

Tras el éxito de Monument Valley, es el momento de reivindicar esos grandes títulos portátiles que están en el mercado.


En este juego minimalista y pixelado obra de Lee-Kuo Chen, adoptamos el papel de Zu, un joven que tiene que enfrentarse a un maligno ser de una oscuridad tal que ha invadido sus tierras gracias a un ejército de engendros y demonios. Nosotros, que fuimos entrenados por nuestro padre, cogeremos nuestro caballo, el arco y las flechas y empezaremos una odisea cabalgando a través de valles y montañas para encontrar una legendaria reliquia que elimine el mal. La referencia más obvia que tendrá el jugador de pro es la de sentarse ante la obra de alguien que ama la épica de los Zelda, pues, aparte de juegos como Shadow of the Colossus y la saga de Shigeru Miyamoto, pocos en esta industria han tenido en el pensamiento de meter combates a caballo y con un arco.

Su jugabilidad es sencilla y para todo el mundo, ya que tan sólo deberemos desplazarnos lateralmente a la par que lanzamos las flechas con una potencia determinada, todo ello bajo el uso que ofrecen las pantallas táctiles de tablets o smartphones, sea con nuestro pulgar o inclinando la pantalla para mover nuestro personaje. Es un paseo preciosista, mágico (no, no me he tomado nada), que abarca multitud de desafíos, objetivos diferentes entre fases y conflictos en las mismas para que el viaje no se termine haciendo monótono y repetitivo, como por ejemplo la variabilidad climática, jefes finales o que podremos quedarnos sin flechas en alguna zona determinada, etc. Gráficamente intenta relajar la vista del jugador y acoge una paleta de colores en tono pastel, sobre todo porque utiliza escenarios como montes, praderas y un largo etc y no busca violencia ni agresividad en ningún momento, pese al fondo de la trama.

En definitiva, un juego que invita a la reflexión. A dejarse llevar por sus paisajes. Es el viaje del héroe en su mínima expresión, sin artificios ni grandes argumentos, porque muchas veces la sencillez esconde más de lo que aparenta.